lunes, 31 de octubre de 2011

LA MIRADA DEL ABUELO

Homenaje a la sabiduría y bondad de los abuelos


Guatapé-Colombia by Carlos Orrego
A sus tres años, el abuelo ya había logrado entender que esas personas grandes que en algún momento, sin razón aparente, brincaban de alegría cuando por fin repitió mecánicamente las palabras mamá y papá, se volvían locos al verlo llorar, buscando la forma de hacer que las lágrimas se detuvieran. Aunque notó que si lograba que su llanto durara lo suficiente siempre obtenía lo que quería, extrañamente una pequeña sensación de bienestar en el pecho lo hacía querer únicamente tener cerca a esas dos personas, porque lo hacían sentir seguro. Y es que nunca hubo mejor ahuyentador de monstruos que su padre, que en las noches cuando lo oía llorar salía corriendo, para con su presencia hacerlos desvanecer.

Durante los siguientes 15 años de vida sufrió de lo que tal vez todos en algún momento, sentía que el tiempo pasaba demasiado lento a pesar de que nunca un segundo fue más largo que los demás. Él quería ser grande, ser tomado en serio y que los adultos, en especial papá y mamá lo escucharan no como al bebe que les avisaba cuándo cambiar los pañales con un llanto que le enrojecía  la cara, sino como al hombre que maduró de forma prematura.

Creyó encontrar el amor muchas veces, pero  aunque ya era grande sus padres se las arreglaron para convencerlo de que el amor no era esa sensación de vacío que afectaba su pecho, sino un vínculo entre apellidos y sangre. Así pues logró criar sus propios hijos de la mano de la hermosa esposa que sus padres muchos años atrás le habían escogido y que según él con el tiempo logró amar. Por segunda vez conoció el amor verdadero, que en realidad era el mismo que se da entre padre e hijo, sólo que esta vez lo veía desde el otro punto de vista. Sitió muchas veces el dolor generado por el llanto ajeno de las personas que amas y la impotencia de querer ayudar pero ser llamado “viejo inútil” aun cuando sólo superaba los cuarenta.

Le llegó el momento de ver partir uno a uno a sus hijos pero no sin antes darles un consejo, les enseñó a todos cinco en su respectivo momento, que contrario a lo que sus padres le habían dicho, el amor sí era el cosquilleo interno a la altura del pecho, pero que era difícil notar ese hermoso efecto cuando el hambre hace que te duela un poco más abajo. Se fue quedando sólo y cada vez apreció más la compañía de la abuela que a pesar del curte de los años y los pliegue imborrables que marcó el tiempo en su piel, le seguía pareciendo hermosa, buena conversadora y de aroma exquisito.

Ahora lo miro a los ojos y me encuentro con la bondad en su mirada que los años y paradigmas arrebatan del bebé, pero que la experiencia, la tranquilidad de la vejez y la satisfacción del deber cumplido saben devolver.

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